sábado, 19 de marzo de 2016

BREVE AUTOBIOGRAFÍA DE JESÚS CUESTA ARANA

JESÚS CUESTA ARANA. Buscando el verdadero sentido del arte


(Publicado en GENTE Y HABITANTES DE CÁDIZ. Diario de Cádiz).




 
Con la furia de la primavera –abril-, y cuando las golondrinas ponen notas fusas en el pentagrama de los cables de la calle; dan aviso y bulla a la matrona que asoma con todos los avíos como una centella y nací en Alcalá de los Gazules.  Mientras de la calle viene el sonar tremendo de los tambores y cornetas a todo pulmón. Es que a uno quiere la casualidad de parirlo la madre cuando pasa por mi calle el Nazareno en procesión. (Por eso me ponen el nombre de Jesús). De manera que mi primera nana suena con la tristeza contenida de la saeta, según me cuentan cuando la razón peina ya el flequillo o el mirlo. De eso hace ya unas décadas que prefiero no mentar, no por coquetería, no, sino por hacerle el juego a Peter Pan el héroe preferido de los días azules (y rosas) de la infancia. Amarrado de nativitate a la misma fe que Picasso “cuando se es joven, se es joven para toda la vida”. 

Desde que empiezo a gastar los primeros almanaques, en los días nebulosos de la arrancada a la voz -eso dicen los que me ven- uno emborrona con caletre y buena hechuras papeles o pinto monas antes de juntar las palabras en la miga o en el parvulario, ya se me hace el alma agua viendo una caja de colores Alpino; un pegote de barro o un espacio en blanco. Muchas veces visito los alfanjes para procurar escorias de carbón vegetal para pintar en el gallinero mi capilla sixtina. Un mural pintado con carbón que refleja lo vivido, con las gallinas  asombradas y curiosas..
El campo: mi primer destino. Mi padre vive de la bendita tierra. De modo que me enfrento sólo a la madre naturaleza. Siento en los cueros  y en las entrañas el paisaje abierto como pan mío de cada día. Niño solo que modela –a falta de amigos– figurillas compañeras de juego y de camino echarle fantasía a los días largos como hurones. Desde la marea dorada de los trigales con las lágrimas rojas de las amapolas, hasta la vega poblada de gamones y los puntitos de luz de las garcillas blancas (garrapateros), pasando por la espesura del chaparral y la vista lejana de los canchales y las cárcavas con el vuelo imponente de las aves rapaces. De la duermevela de la liebre, la berrea del corzo y el “reburdeo” celoso del toro bravo y el inquietante silbido de la culebra. Del canto limpio de la alondra a la presencia siempre siniestra del buitre carroñero oteando desde el aire la carne muerta. Del terror y la tormenta en las noches infinitas de invierno, al rebujo de la manta de Grazalema al conjuro de la cruz de sal que madre trazaba en la artesa del pan para alejar los malos rayos. Mientras que en el fogarín chisporrotean los leños de acebuche. Son tiempos de inocencia cuando uno pregunta si el tormento era el marido de la tormenta.

De la soledad impuesta, paso sin solución de continuidad a la soledad libremente escogida, a la que hay que ordeñar cada día, para que la sombra acechante de la melancolía se la llevara el viento. Hay que abrirse –de par en par– a aquél espectáculo reinante de las luces montunas y la paleta ahitada con los colores del campo. Entre el miedo a los truenos en las noches de invierno al amor de la lumbre, oigo fascinado las consejas de la gente del campo con su ramillete de leyendas y misteriosos espíritus maléficos o benéficos según caliente la memoria. Gente mágica que olía a jara y callos hasta en el alma. Inolvidable estampa la del segadores de Villamartín –ave migratoria– que se acercan cada año a cortar y ventear el trigo en las suertes de mi padre; convidándome siempre longaniza y queso emborrado con las manazas puro troncos de parra vieja. En la interioridad de aquél retrato amojamado se oculta siempre un alma sufrida capaz de la ternura.

(Por mucho azogue que uno le eche a la memoria, no acierto a recordar cuando fue la primera vez que me tiro a la vereda de la creación; a echar sueños fuera o canjear realidades por otras nuevas). En el principio es el barro. Espero las primeras lluvias otoñales para irme ansioso a la barranca y arrancar de las entrañas puñados de arcilla “colorá”. Barro bravío para modelar figurillas primerizas que son lo más parecidas –con la perspectiva del tiempo, claro a los idolillos ibéricos (exvotos) que luego sin saber veo en los libros de la escuela. Figuritas pequeñas, algo mayores que los soldaditos de plomo, que bautizo con nombres propios y que escenifico en el teatrillos de mis días. Realizaba monumentos en pequeñísimo formato que la candidez imagina tal el coloso de Rodas. De manera que los trocitos de barro colorado con formas humanas son mis primeros amigos y los primeros actores de mi vida. Cada tarde los meto en una lata de carne membrillo y los pongo a dormir hasta el nuevo alba. Así un día y otro y otro… Días de pan y barro. Con el kikirikí de fondo del gallo fanfarrón y la cabra testaruda que quier
De la casa soleada ribeteada de álamos blancos me mudan al paisaje abierto de las suertes, los bujeos y los rastrojales; con las noches de plenilunio y las estrellas fugaces arriba coronando el sueño de las eras. El olor a boñiga y cagarrutas; la leche espesa y la energía del gazpacho fresco con archipiélago de migas de pan recién horneado y la piriñaca y la orza de manteca. Y el sonido lejano –casi un suspiro-, ubicuo como canto de grillo, según sople el viento, del yunque de la fragua de El Cuco. En esta atmósfera pinto mis primeras acuarelas. Con agua del pozo y colores arranca a la vida mis primeros temblores artísticos. Las primeras batallas con el sino que ya asoman las orejas por la raya del horizonte. Son tiempos de grisalla donde la presencia de colores vivos surgidos de las entrañas de un niño rechina a la vista. Aprendo pronto a descifrar los caminos del viento, el secreto de los pájaros, los misterios del firmamento; el código de los animales bravíos y los animales cercanos; la metamorfosis de las nubes semejando figuras terrenales. Los silencios sonoros de la naturaleza. Y los espantapájaros con toda una pajarería –irrespetuosa  posada sobre sus testas muertos de risaUna dulce ironía..

Pronto se acaba la libertad. El mundo roussoniano vivido. Es canción obligada de que hay que mudar el vuelo de los pájaros por el vuelo de los libros. La escuela. Olor a tiza y a tinta. Olor a poco jabón. Caralsoles y banderas al viento. Lo dibujo todo. Me como con la mirada hasta la pardura del tiempo. Nunca se me despinta de la memoria la imagen de un viejo venido de fuera, que se afana en la Plaza del pueblo (La Alameda) con un pequeño cuadro. Se trata de un naufragio. De un barco a la deriva devorado por la galerna. El viejo pintor imagina más que ve. Esto, sin querer, va a ser la constante de mi vida. A ratos perdidos dibujo la crónica sentimental de Alcalá de los Gazules; las murgas, los entierros, las ferias, el circo, las procesiones, los toros; las escenas del cine con los piratas y pistoleros que veo en el cine Andalucía. 
La presencia inquietante en la penumbra de las calles del monstruo Frankenstein. Tiempo de juegos. De rabonas, guerrillas, nidos, planetas, quebrados, reyes godos…Franco y José Antonio en la pared y Pío XII en el Vaticano. En la radio los seriales: una lluvia a cántaros de lagrimones. Los discos dedicados y los héroes del cómic y Carpanta comiéndose hasta el lucero del alba.. Y los grandes inventos del TBO con el profesor de Copenhague capaz de convertir la arena de la playa en alimento.
Una vez como en los cuentos, el vecino Vicente, funcionario del Ayuntamiento y a ratos pintor primitivista, me regala mi primer estuche de pintura al óleo cuando en el labio de arriba me pasea ya un chorreón de hormigas y la voz ya como el Conejo de la Suerte. El non plus ultra. ¡Una caja de pintura! Desde entonces: pintar y vivir. Lo que es un juego de barro y colores se va transformando poco a poco –como los gusarapos en rana en vocación. Mi primer cuadro al óleo: Los segadores. Pasado el tiempo, un fraile rechonchete, con labia para dar y tomar, me arranca del colegio para ingresar en un seminario carmelitano en Córdoba. Debo decir que aquellos tres años de retiro conventual, aviva más mi vocación artística. Relleno libretas y cuadernos de dibujos y hasta me encargan mi primer cartel anunciador de una obra de teatro. Entre salmodias, rezos, refectorio y aulas frías añoro el silbido de los tordos en los tejados de mi pueblo. Arranco notas en el viejo Pleyel. Leo libros y modelo estatuillas de santos y mártires. Pero apenas que veo la jaula abierta vuelo a mi paisaje perdido, a mi paisaje de siempre. Estudios en Algeciras. Y al fin decido dar el primer salto en el vacío como aquél hombre pájaro que veo en el circo. Me refugio en una casita soleada, al pié del monte y a un tiro de honda del pueblo. La Pila, así se llama mi primer estudio ya con ambiente de pintor de oficio. Días de dudas, vino y aguarrás. De penas y euforias, claroscuros y ciclotimias. Soledades intransferibles. Claridades en la niebla. Con la niñez y la adolescencia ya como dos motas que se pierden por el horizonte.. Mezclando el color con los amores y desamores. Ya transfigurado en un ave solitaria de raro plumaje que sueña volar alto.. “Pintor andaluz de altos vuelos” en el verso que me dedica la inolvidable escritora algecireña Lola Peche. Pronto me desprendo del plumaje local acerante, por ser vuelo alicorto. Toda obra grande tiene que tener carácter universal; a pesar del microcosmos que me invento. Como artista puro –sin contaminaciones, ni corrillos– me animo por día. Soy consciente y se palpa en el ambiente, como buen romántico, de que nado a contracorriente. Rizando el rizo. Embestido por la bohemia. Eso sí: de una bohemia “aseada”, casi aristocrática, dentro de las estrecheces, no siempre bien comprendida por parte del paisanaje, que todavía no se ha desprendido del tono rancio imperante o de la costra de los convencionalismos y prejuicios a ultranza. El país todavía navega en las aguas blanquinegras.

Los lienzos en blanco se van cuajando de vida con las primeras obras serias: Angustia, Caballo en la noche, El guerrillero, El loco, La sombra de Dalí, Retrato a García Lorca, La samaritana, El viejo arlequín, El grito, La ventana, Paisaje Gris, Niños descansando del juego, Autorretrato con cuello largo, Cabezas huecas, El conquistador, La música, Los campesinos azules, Viejos en la recacha, La luz del alma, Abstracción gris, El viejo iluso, El peso de los sueños… Y las primeras estatuillas El maestro rural, Dama hiperbólica, Gitana, Desnudo, Cristo, El cómico, El Raro, Bocahierro. 
Desde la tranquilidad de la Pila me lanzo al mundo de las exposiciones y premios. Cincuenta y cuatro exposiciones individuales y colectivas de ámbito nacional, regional, provincial e internacional. (No veo necesario explayarme en el currículo.) Para mí es la última obra la que cuenta. Estancia en Madrid, donde contacto con importantes artistas. Frecuento estudios, talleres exposiciones de lumbreras de la pintura: Vela Zanetti, Barjola, Villaseñor, Tornes, López García, García Ochoa, Morales, Álvaro Delgado, Millares, Cuixart,…y tantos otros que contribuyen a despejar –sin academicismos– el espeso bosque de un artista con la juventud, en todo lo suyo, e influenciado por el “fierismo ibérico” de la pintura reinante. En ésta etapa madrileña me dedico al diseño de objetos decorativos. Poco después con el grupo Artama realizo una serie de esculturas textiles.

Vuelvo al sur. Entablo amistad con los célebres pintores algecireños Rafael Argelés y Ramón Puyol –recién llegados del exilio– que unas décadas atrás dejan aquí sus cuadros para salir de estampida cuando lo del triste “fregao” del 36. Nunca echo al olvido las palabras de Argelés, dichas casi al oído, en un susurro, al hilo de una exposición mía y que apunto en un cuaderno para que no se me vuele nunca de la mente: “No traiciones nuca tu ideario estético. No claudiques ante nada ni nadie. Huye como del rayo de los intereses extraños y no recorras caminos contrarios a tu interpretación del mundo. Pintar es una alegría sufrida”. Y ése mismo día, Ramón Puyol; la mirada punzante y melena alba con su veta surrealista me vino a decir: “Sigues por ahí. Por ésa raya en el aire. Pintando no lo que ve sino lo que lleves dentro vivido o no vivido. Si acaso ponle al corazón dos ojos y ya verás”. Mensaje casi mellizo con las palabras de Currillo el zapatero, pintor naïf de mi pueblo que me suelta a bocajarro ante la contemplación de mi cuadro Luz del alma: “Si pintas un pájaro –un poner- como es; nunca tendrás un cuadro, sino un pájaro. De pájaros está el mundo y el aire lleno sin necesidad de pintarlos”. Ahí queda eso.

A la par que voy conformando mi obra –en lienzo, barro y papel– corrían tiempos convulsos tanto para la historia como para el arte. Años sesenta y setenta. Los artistas, claro está, reflejan la realidad tangible, circundante. Son tiempos de acción y revoluciones. De paz en la guerra y guerra en la paz. La televisión en directo con la arribada del hombre a la Luna ¿Si Julio Verne levantara la cabeza? Dicen los más ilustrados. El pueblo llano no se cree tal odisea y pregona que todo es una patraña. Un cuento chino inventado por los americanos. Tanto en lo político, social, cultural y religioso se le da una vuelta de tuerca a los establecido. La tecnología y el consumismo a galope tendido. En arte se abre el debate figuración o no figuración. Realismo o abstracción. Formalismo o informalismo. El arte se democratiza sembrando los hogares de pósters y láminas a troche y moche. Las reproducciones del Guernica de Picasso y el Cristo de Dalí compiten en la renovada devoción popular. Nuevos materiales. Nuevos conceptos. Nuevas formas. Nueva ética y estética. Nueva mitología. El arte deshumanizado versus el arte testimonial, canalizándose en un calidoscopio de nuevas corrientes a tono con el signo bullente de los tiempos. Abundando en la nueva creencia de que en arte –y en otras cosas– todo vale hasta las cosas más prosaicas y efímeras. Con su máximo exponente en el arte-pop que va a abarcar otros campos artísticos como la imagen y el sonido. Cada uno se expresa como quiere y como puede.. Los que propugnan la muerte de la pintura no descubren nada nuevo, pues un siglo antes con la aparición del daguerrotipo se cree que la realidad pintada pierde todo su sentido. La fotografía extrema más la realidad. El más difícil todavía de la tecnología. Se inventan ingenios electrónicos cada vez más sofisticados para conseguir la realidad más absoluta. La sociedad se adapta al empuje vertiginoso de los nuevos tiempos. Se abulta el libro de los gustos. El academicismo vive sus peores momentos. Los artistas pop anidan la creencia de que los supermercados eran los museos del arte moderno. Un dato elocuente. Una nueva versión del “viva la bagatela” del Miguel Unamuno. La humanidad asiste perpleja ante los rumbos que toma el arte. Una plaga de logros geniales y de estentóreos camelos. El arte se mercantiliza –con la nueva realidad– a extremos imaginarios. El artista bohemio pasa el testigo al excéntrico al extravagante. Nuevas maneras de epatar al burgués. El batiburrillo de la creación artística alborota el gallinero. El arte nada tiene que ver con el arte. El arte espectáculo en vivo (happening) propugna el entierro de la pintura. Y la herencia futurista creedora más en las máquinas que en la Victoria de Samotracia. El arte se empobrece y se conceptualiza hasta extremos paroxísticos.
Pero las leyes del cerebro son imprevisibles y el tiempo también pelecha –muda la piel o el plumaje–. Escampa la lluvia. Al carro le cambian las ruedas. El lienzo, después de la vorágine, queda otra vez en blanco para que cada uno interprete, exprese, sublime o deforme la realidad a su modo. Ya no es cuestión de modas no de modos. Los nuevos inventores de la realidad miran ya para donde no quieren mirar. Detrás de cada obra hay un ser humano. La España de la tecnocracia, poquito a poco, se va impregnando de las corrientes universales. Del arte insulso se pasa a verdaderas propuestas genuinas y atrevidas que van calando en los espíritus con ansias de renovación.Tiempos interesantes a los que uno les toca vivir. Un plato fuerte sin duda a digerir. En medio de tanta ceremonia de la confusión hay que entresacar –como en la almáciga los plantones más idóneos. No hago nunca caso a ninguna tendencia, a riesgo de pecar de ecléctico. Otra cosa bien diferente es abrazar la moda efímera que también cunde. Siempre soy refractario a los cenáculos artísticos. Mi espíritu inquieto, de constante búsqueda se refleja en una obra mixtificada influenciada de todo lo que había vivido y  mirado. Sin influencias de los que nos anteceden no es posible escribir la historia. La temática y la paleta varían pareja al estado de ánimo, del ambiente respirado. Tras un cuadro vibrante viene otro con tintes frío, melancólico. La frialdad y la candela. En la penetración sicológica de los personajes a expresar ocurre lo mismo.
Pronto siento la necesidad perentoria de levantar el vuelo desde la soledad de La Pila y decido echarme a la aventura de viajar. Cambiar de aire. Si es que se puede cambiar de aire.. En mayo del 68 –fecha señalada escapo a París. Digo bien: escapo a París. (Nadie, ni siquiera la gente íntima, nunca supo de esta divina locura que algún día relataré con pelos y señales). Un viaje de autoclandestinidad. Allí vivo un tiempo de aventuras jamás contadas, no por nada, sino por no desprender a aquella huída del cero al infinito de su enigmático atractivo. Vivo de cerca la turbamulta de los estudiantes y obreros en contra del sistema, del lacerante consumismo, del pancismo en definitiva más sobrecogedor. Jóvenes airados que quieren apearse del mundo, han escrito en los muros “La imaginación al poder” y cosas así de bellas. Mi deambular por París, fuertemente impregnado todavía de color y olor local, con el pelo de la dehesa intacto, constituye un espectáculo abierto a los sentidos. El olor a pintura fresca de Montmartre. La mirada inabarcable a aquellas postales vivientes de los puentes del Sena, en particular el Puente de los Artistas. Siento la mima fascinación tanto en la contemplación primeriza de la torre Eiffel como por las gárgolas terribles de Notre- Dame. El brillo táctil de la niebla. El retrato decadente de las musas existencialistas. El sabor a cerezas de las buhardillas mezclado con el olor del desnudo fresco, entre una vaharada de trementina. París: la noche y el día… Allí echo retazos de juventud perdida rozando de cerca de los monstruos sagrados. Sartre, Beauvoir, Leo Ferrer, Brassens, Moustaky…con la canción de fondo, echa jirones de Juliette Greco y el sonido tristón del acordeón que se traga la humareda. Trueco bocadillos por dibujos para contentar más el alma que el cuerpo. Frecuento genios anónimos que me adentran en los secretos del barro y las luces cambiantes que animan los colores. Experiencia indeleble de un joven soñador que escapa un día en un tren con un amigo para remontarse en una atmósfera nueva, universal. París: una huída furtiva que guardo todavía en mi zona de sombras.
Viaje de vuelta a la Pila, al mundo chiquito de antes repleto el almario (armario del Lama) de ansías, afanes e ilusiones renovadas. Con el camino más desbrozado me entrego, con fruición, a la aventura de recrear lo vivido. Ensayo y experimento nuevas técnicas, nuevos procedimientos que van a variar ostensiblemente la dirección de mi obra; aunque en el fondo, sustancialmente, fuera lo mismo. De esta época son mis cuadros: Desnudo azul, El peso del mundo, Paisaje roto, Tragedia dorada, Arlequín andaluzCruz de colorRacimo humano, El tinglado de la farsa, El escritor, Nocturno con circo, Máscaras danzantes, Gente gloriosa, Uvas, Amantes sobre azul, imaginario, Bodegón rojo, La cogida, Frailes en blanco y negro, Paisaje Retrato de Picasso… y un sinfín de bocetos y experimentaciones de colores planos y texturas. Son momentos de clara transición.
Ya metido en los años setenta, en unión de dos entrañables amigos, me hago otra vez a los rumbos del mundo. Un viaje largo con el dedo insaciable señalando rutas y caminos en el mapa: París otra vez, Roma, Florencia, Venecia, Milán, Ginebra, Berna, Berlín, Francfort, Praga (Los países Bajos y Escandinavos), Montearlo, La Costa Azul… Siento de cerca las obras maestras de Munch, Van Gog, Gauguin, Chagall y todos los impresionistas. Miguel Ángel, Leonardo, Verrocchio, Bernini, Rodin… ¿Para qué seguir? Todo el arte que yo he visto en las láminas en vivo a un suspiro de mi mirada. Captando de cerca el viaje certero de las manos de los grandes creadores. Un mundo de realidades distintas en el tiempo. La realidad de la fantasía o la fantasía de la realidad. Concepto que va a ser determinante ya que mi obra va a girar definitivamente por sendas más auténticas y personales. Pasado el tiempo viajo a Lisboa, la magia de la ciudad me encanta de tal manera que influencia mucho en mi obra posterior. Noto que la luz y el color de mis cuadros toman otra vertiente. La paleta se hace a la vez melancólica y alegre. Una bendita paradoja euclidiana que determina profundamente mi nueva mirada.
Con la idea de penetrar en otra atmósfera distinta viajo a Marruecos. Como una luz más que añadir a esta etapa inquieta. Dejo en suspenso el realismo onírico para abordar temas naturalistas como zocos morunos y retratos. Atrapo la luz melocotón marroquí para sucesivas obras. En los pliegues interiores me traje el perfume nocturno de la dama o el galán de noche de Tánger. Tras este viaje exótico e inolvidable. Un respiro. Vuelvo a seguir el hilo, a recobrar la intimidad creadora de La Pila. Después de un año de sensualidades me voy desatando cada vez mas de servidumbres sin separar los ojos del pasado, para proseguir la búsqueda de mi propia personalidad, sin rendir culto al estilo que esconde bajo su corteza la temida monotonía.. Pensando siempre –como el poeta Novalis que el espacio traspasa el tiempo como el cuerpo el alma.
Por fin veo una salida clara en el bosque donde me encuentro. Empiezo a interesarme por la soledad acompañada del ser humano. Una armonía de contrarios. La nueva etapa se abre con el cuadro La romería pagana. Una línea imaginaria. Un antes y un después. El profesor Jerome Mintz, antropólogo de la Universidad de Indiana, realiza un documental –un trabajo de campo sobre éste nueva obra. Película que se emite en las principales universidades americanas y que se graba con fines comerciales. Es el periodo de mi vida donde me lanzo a crear sin descanso en un raro mestizaje entre eremita y devorador del mundo. Imbuido en filosofías encontradas. Pintando selvas sin haberlas visto como el pintor Rousseau el Aduanero. Un mundo de contrasentidos, sátiras, esperpentos, trampantojos, orates y locos divinos, gente delirante y anacrónicas van instalándose poso a poco en mi obra. Invento máquinas imposibles y elaboradoras de quimeras. Personajes ensoñadores, sin historia, minados por la enfermedad de la grandeza. Gente que pintan andrajos y bastos a la vez. Pobres pero soberanos hasta las cachas. Gobernadores de ínsulas Barataria a base de coscorrones de pan,  por trono una caja de cartón y por cetro una caña de coger higos chumbos. Un submundo de pobres gente de la nada que se creen o se autoproclaman el número uno. Viejos que todavía esperan el triunfo.
Los cuadros más significativos de mi última obra: La marcha de los chalados, Procesión de la cabra, La barca de los locos, Los genios del pueblo, Mojiganga de viejos toreros, La cabra y el gallo metálico, La madonna de la melancolía, Sic transit gloria mundi, El rey del valor, Viaje en globo, El poeta anacrónico, La balsa de los ilusos, Torera, Amores imposibles, Retrato de Juan Belmonte, la serie Máquinas Humanizadas… Cuadro de la Fundación del Beaterio. El Circo, cuadro mural, La artillería montada, único cuadro de temática militar para el Estado Mayor entre otros.
De nuevo permuto los colores por el barro. Modelo la figura misteriosa de La Petenera, monumento, que desde 1982, figura en Paterna de Rivera la tierra de la nacencia de la mítica cantaora. Tiempo después realizo el busto del jurisconsulto Sainz de Andino situado en el corazón de Alcalá, La Alameda, territorio de mis andanzas y desandanzas de niño Realizo estatuillas de pequeño formato. En éste ínterin, la escultura va incrementando mi interés a la par que la pintura. Una vuelta a los orígenes de aquel niño que inventa de barro a los compañeros de juego.
En 2003 y 2005 me vienen los grandes encargos de mi vida. Primero Monumento al V Centenario de Villamartín, de gran formato (5 ms. x 180 cms.). Se trata de un grupo escultórico, mitad exento, mitad altorrelieve. El primer gran reto de mi vida. Desde el primer momento se me vino a la mente la idea del ayer y el hoy del pueblo. Como una especia de ilación en el tiempo. El siglo XVI y el sigo XXI se dan la mano. Una estampa diacrónica. El realismo mágico me sirve aquí para expresar el paso del tiempo. La obra está cuajada de referencias y símbolos alusivos a la vida y memoria de Villamartín. Incluso a lo largo y ancho del monumento hay detalles exotéricos. Pequeño bestiario y cosas que solo el artista puede descifrar. En cuanto a extensa labor puede considerarse la obra cumbre de mi vida. Me cuesta un año largo de trabajo. (En el libro Villamartín, memoria al aire libredel que soy su autor se cuenta detalladamente todo el proceso y vivencias del escultor.
Segundo monumento en importancia: Retablo de la Vida de Paterna de Rivera. Una obra que estudio largamente. No en vano Paterna es para mí como mi segunda casa por la cantidad de amigos que tengo en este magnífico pueblo donde hierve el cante y el arte en la sangre. Me centré en la idea –desde el principio de concebir la obra como una especie de retablo pagano. Un retablo barroco echo para el pueblo. Una mirada solemne a la gente humilde. Al trabajador que pasa de puntilla por la historia cundo son ellos la que le dan fuego y el alma. No se puede obviar las costumbres paterneras. El cante como manifestación propia con el triunvirato de El Perro, Niño de la Cava, y Rufino. Que son sin duda los representantes de tantos cantaores grandes como sigue dando Paterna. “En Paterna se levanta una piedra y salen cinco cantaores”, le oigo decir una vez a un viejo del lugar. Toda una ilustración. ¿Medidas de la obra? : 4,50ms. x 220 cms. Se presenta como un altorrelieve. Concebido como un tríptico. Un retablo con tres calles En la parte central se retrata el trabajo, las devociones y la libertad. A la izquierda: Los encierros, una tradición festiva ya muy arraigada en el pueblo. Y una tercera parte dedicada al cante flamenco, con la Petenera y los cantaores de la tierra. Todo el conjunto escultórico está sembrado de claves y referencias locales . Así una herradura y unas cabrillas que reptan por la superficie son dos humildes exponentes de la mitología doméstica de Paterna. Es una obra para contemplar muy detenidamente. Hay muchas imágenes camufladas y algunas de ellos son verdaderos jeroglíficos. Otras son fáciles de adivinar haciendo un barrido con la vista por toda la superficie de bronce. Todo esto queda reflejado, muy detalladamente, en mi  libro Paterna de Rivera, del aire al bronce. Donde narro todo el proceso de la gestación de la obra y todos sus recovecos.
Pero sin, duda una de las obras más emocionantes el busto al Niño de la Cava  que realizo siempre desde la lagrima contenida. Retrato difícil más que el parecido físico hay que captar el parecido interior. ¿Los buenos ratos de amistad y buen cante en su mítica venta La Petenera! ¿Cómo expresar eso? Y sin embargo, al final salgo satisfecho de este retrato en bronce, porque tanto Dolores la mujer, como sus hijos lloramos en una lágrima junta, el día que casi a la caída de la tarde colocan la estatua del inolvidable Frasquito en una recoleta placita a la vera de su venta donde tanto vive y canta. Luego vienen los monumentos A Ramón . Alcalde  republicano de Paterna de Rivera y a María Cruz Silva “La Libertaria”.
Mi espíritu inquieto –con veta renacentista me despierta una vieja pasión adormecida: la escritura. Centenares de artículos tocando los más diversos temas ven luz y taquígrafos en periódico y revistas especializadas. Así como varios libros (biografía, ensayo, poesía), algunos editados y otros inéditos pendientes de su publicación. esta incursión en el mundo de las letras, no supone nunca una interrupción en mi vocación y oficio de pintor y escultor. Mas bien me sirve para estimular el proceso creativo. Siempre separando, claro está, la literatura de los colores y el barro. La obra artística tiene que tener su pizca de poesía. La a justa sin empacho. Como el agua: ni fría ni caliente. En temple es el conquibus. Si bien no se debe literaturizar el arte, si es de ley la escritura con imágenes. Sin quitarle del todo la razón a José Bergamín cuando afirma que más que la inspiración creadora el arte es recreación artística de la poesía. En al arte también hay épica, drama, lírica y prosa; pero expresado de diferente manera. El intríngulis está en echarle mucha pasión al conocimiento. De la manera la obra se le escapa al artista para remover la sensibilidad de los demás. En conclusión: el artista cuando da por terminada la obra deja de pertenecerle para formar parte de la memoria colectiva. La obra siempre queda inconclusa como esperando siempre la mano del tiempo. (Jesús Cuesta Arana).






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